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Siempre he sido un fanático del boxeo. Creo que se puede aprender mucho de aquel noble deporte y, luego de la pelea entre el campeón filipino Manny Pacquiao y el mexicano Antonio Margarito, debo decir lo siguiente:
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A juzgar por el rostro de Antonio Margarito al final del doceavo round, el boxeo es un deporte bastante parecido a la vida: ayuda tener dinero, hay que esquivar golpe tras golpe y, no importa lo que hagas ni cuanto intentes evitarlo, alguna vez has de acabar con el rostro bastante jodido.
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Hace varias semanas Magarito y su equipo -en el que parece haber varios miembros de pandillas y, en general, gente de muy baja estofa- se burlaron de Freddie Roach, el entrenador de Manny Pacquiao quien sufre desde hace varios años de Parkinson. En un video aparecía Margarito imitando la falta de sincronización facial y verbal de Roach. Luego de la pelea con Pacquiao, uno se pregunta si a Margarito, de ahora en adelante, se le hará natural aquella mueca del video.
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Como siempre, la idiotez se disfraza, sin mucho esfuezo, de orgullo nacional. Luego de la brutal paliza, que no terminó en tragedia gracias a la misericordia de Pacquiao -virtuoso humanitario-, Margarito reveló que su esquina ni siquiera pensó en tirar la toalla blanca pues no hay nada que levante más el orgullo nacional que un estúpido masacrado en nombre de su país. Tiene mucha razón.
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Demostrando que no es lento sólo dentro del cuadrilátero, Magarito, desde su cama de hospital y varios después de la pelea, telefoneó a Pacquaio para felicitarlo “por se el mejor peleador del mundo”.
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En realidad no se puede culpar a Margarito por no tirar la toalla o refugiarse en la lona. Al contrario, eso demuestra mucha clase. No se puede decir lo mismo de su entrenador, que estaba visiblemente orgulloso de la paliza que su pupilo había recibido. En el boxeo, como en la guerra, quienes más defienden una causa nunca tuvieron que recibir los golpes.
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Seguiremos informando.